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A los 14 mató a la novia, luego se hizo Zeta. Y a los 21 años, Ángel Uriel, de Coahuila, no pudo más

Por Francisco Rodríguez

Saltillo/Ciudad de México, 29 de agosto (Vanguardia/SinEmbargo).- En Casa Madero, la vitivinícola más antigua de América en el municipio de Parras de la Fuente, Coahuila, miles de visitantes observan a los matachines bajar del cerro. Presurosos, los matachines bajan para danzarle como cada 9 de agosto a San Lorenzo –el santo mártir ejecutado en el año 258– y agradecerle la cosecha de la vid. Los hombres con trajes y huaraches danzan al ritmo del tambor.


Las piras iluminan la noche. Truena la pólvora, hay música, alcohol, fiesta… Pero a unos cinco kilómetros, en la colonia Ciudadela, alejados del bullicio y las risas, familia y amigos de Ángel Uriel Herrera Abasta viven otro ritual: el novenario, el ejercicio devoto de rezar un rosario durante nueve días con una intención; en este caso, pedir por el descanso de Ángel Uriel Herrera Abasta, quien se suicidó el 6 de agosto.

En el rincón de la sala está el altar al muchacho que le gustaba cantar y chiflar. Ocho veladoras reposan alrededor de una cruz blanca encima de un trozo de periódico. Una figura de San Judas Tadeo custodia la cruz. Hay un vaso con agua bendita, arreglos florales y dos fotografías: una de Ángel Uriel de pequeño cuando hizo la primera comunión, vestido con un moño negro y un traje blanco. Hay otra imagen de cuando era mayor, con la sonrisa de lado a lado, los ojos rasgados, cabello al rape.


Pero poco o nada parece ocuparle a los habitantes y turistas que en esta casa anaranjada de amplio terreno, se le rece a un joven de 21 años que fue acusado de matar a su novia, de apuñalar y matar a un rival de pandilla, de haber sido herido en un enfrentamiento con la policía, de haber estado preso y de haberse suicidado hace apenas unos días, en el rincón solitario de una habitación, con un alambre y su playera interior.


PARRAS Y SUS JUICIOS

María Antonia asegura con la frente en alto, los dedos cruzados y la mirada recia, que Ángel Uriel, el segundo de sus tres hijos, fue crucificado por la sociedad del municipio de Parras, de 45 mil habitantes.

Lo recalca con vehemencia militar. Lo repite cada que puede, alrededor de una mesa de comedor, junto a Beatriz, la abuelita de Ángel Uriel, una mujer menudita con mirada de novicia, y de Perla, prima del muchacho.

–La gente no lo quería. Lo juzgó sin saber –lamenta otra vez.
Lo que el pueblo no sabía es que Ángel Uriel nació el 25 de septiembre de 1995, hijo de María Antonia Abasta, una mujer luchona y trabajadora; esbelta, de mirada profunda y palabras de concreto. Hijo de Gerardo Herrera, un comunicador local que en sus tiempos libres era el payaso “La Cáscara”, de ahí el apodo que arrastró Ángel Uriel hasta el último día.


Lo que el pueblo quizá no sabía, insiste su madre, es que Ángel fue un niño inquieto, hiperactivo, alegre, que tenía ideas de todo y para todo. Que era cariñoso. La abuela lo recuerda como un chiquillo que hacía reír a quien estuviera a su alrededor, pero que le gustaba hablar con propiedad, un niño adulto con ganas de crecer y comerse el mundo. Lo recuerda, también, chiflando la misma tonadita y cantando muy bonito. Tenía un hermano y una hermana que adoraba.




Lo que el pueblo quizá tampoco sabía es que antes de vestirse con pantalones flojos y camisas largas y lo señalaran de delincuente, Ángel gustaba vestirse de vaquero y tenía un caballo llamado “Moro” que cabalgaba para buscar a su papá en las charreadas.

Su papá no lo buscó, dice Antonia como remachando en una herida profunda. La madre le hablaba para que lo viera y el padre prometía verlo.

Ángel se bañaba, se arreglaba con la ilusión de ver a su padre. Tomaba una foto de él y se salía a la calle a esperarlo. Y así esperaba por horas. Cuando entendía que no iba a llegar, se metía a la casa, se escondía entre las sillas y se soltaba a llorar sin dejar la fotografía.

“Admiraba mucho a su papá. Era su mundo”, recuerda Antonia. “Se le llenaba su carita de alegría cuando lo veía”, dice la abuela Beatriz.
Su papá nunca lo procuró, asegura la mamá, y ante la familia, Ángel siempre lo llamaba “aquel”, pero cuando lo veía, se le dibujaba una alegría en el rostro, y los ojos se le transformaban. Lo agarraba a besos como si su viejo hubiera regresado de un largo viaje.

“Todavía de grande se emocionaba aunque a su papá no le importara”, platica la madre y lo resiente, se le atragantan las palabras. “Le pudo dar un granito de cariño y no le dio nada”, lamenta con la voz crispada. Antonia piensa que su hijo hacía lo que hacía para llamar la atención de su padre.

LOS INICIOS

Fue su primera vez. Era un mocoso de cinco años cuando Ángel le exigió a su maestra de preescolar: ¡quiero ver a mi mamá! Una y otra vez: ¡quiero ver a mi mamá!

–Me voy a escapar –remilgó el niño a la maestra.

–¡Escápate! –lo retó la docente.
La clase siguió y nadie supo cómo, pero ese día, el pequeño Ángel Uriel cometió su primer delito: escaparse del Jardín de niños y llegar hasta la tienda donde su mamá trabajaba porque la quería ver.

Para los agentes del Ministerio Público que recuerdan a Ángel, su primer delito sucedió cuando tenía unos 10 años y lo pescaron junto a sus amigos robando los dulces de la escuela primaria Salvador Allende. “Trataban de sacar hasta el estanquillo de la malla”, recuerda un vecino que lo conoció cuando era morro; cuando, dice, era noble y tranquilo.

Su madre Antonia reconoce que su hijo desfiló de una primaria a otra porque lo tenían fichado como un niño inquieto, hiperactivo. “Me peleaba con los maestros para que lo aceptaran. Siempre lo tenían suspendido”, defiende. La abuela Beatriz asegura que le hacían eso que ahora llaman bullying, pues en una ocasión que le llevó el lonche durante el recreo, miró cómo una maestra lo tenía en un rincón y permitía que los niños le pegaran como si fuera piñata. “Había quien le estiraba los cabellos o le daba de reglazos”, dice la abuela que mira un vaso de vidrio y niega con la cabeza.

La familia habla y rememora al niño Ángel. El chiquillo que era bueno para el inglés y las matemáticas y que por gusto aprendió el lenguaje de señas. Que tocaba el acordeón. Que no gustaba de ir a la escuela pero que era inteligente. Que se quitaba el pan para dárselo a los demás. Que no era grosero con la gente.

La misma actitud franciscana de “La Cascarita” recuerda la maestra Concepción Beltrán de la primaria Francisco I. Madero, una de varias en las que Ángel estudió.

–Me ofrecía en el recreo lo que trajera. Sabía que me gustaba la goma de mascar y me daba. Era líder. Siempre buscaba la compañía.
La maestra, también vecina de la familia, tiene presente la sonrisa de Ángel, sobre todo aquella vez en que se iba a quedar de campamento en la escuela, pero el niño no tenía casa de campaña. “Vio que llegamos en el carro y salió corriendo”, narra Concepción. Ángel se arrimó con la ilusión de un niño que quiere juguete nuevo. “Samanta, verdad que me vas a prestar tu casa de campaña, verdad que eres mi amiga”, le preguntaba a la hija de la maestra, frente a todos sus amiguillos del barrio.




–No sé qué pasó –se pregunta la maestra apenas termina de contar la anécdota y sus anteojos se empañan.
Ya de adolescente y mayor de edad, Ángel siempre fue un caballero con la maestra. La saludaba de beso y de abrazo fuerte, sentido, como se abraza a quien se extraña. Lo veía llevar a sus sobrinos a la escuela Salvador Allende, donde ahora Concepción es directora.

–Como sociedad, qué no le dimos –se cuestiona la maestra–. Me quedo con ese dolor de pensar qué nos faltó para rescatarlo y traerlo de vuelta a donde pertenecía.
El niño Ángel solía destruir las cosas para volverlas a armar. Quería ser ingeniero.

NAILA, DROGAS Y MUERTE

Ángel conoció a Naila Teresa Duarte Castro en el barrio. Ángel acostumbraba a tener muchas amigas. Vivían a unos metros uno del otro. Ella de cabello negro y sonrisa pícara. Él 14, ella 17 años.

Quienes los conocieron, como los amigos del barrio, recuerdan a los novios siempre alegres e inseparables. “Iban de aquí pa allá juntos”, cuenta uno de ellos. La madre de Ángel y la madre de Naila, Yolanda Castro, dicen que se llevaban muy fuerte, que jugaban rudo, que jugaban violento.

En una ocasión –relata Yolanda– le avisaron que Ángel andaba golpeando a su hija. Fue con otro joven del barrio a donde estaban y miró cómo el novio la empujaba. “Métete conmigo”, le reclamó el joven que acompañaba a Yolanda. “No me está haciendo nada”, lo defendió Naila.

Naila había abandonado la preparatoria, pero quería regresar. “Me la voy a traer a la casa”, le decía Ángel a su mamá. “Hasta que cumpla 18”, le respondía Antonia.
Yolanda siempre desaprobó la relación porque decía que Ángel se drogaba. Antonia recuerda que los dos se drogaban. Yolanda asegura que una sola vez encontró a su hija tomando pastillas de clonazepam. Ángel siempre cargaba con un chocolate; a lo mejor, piensa Antonia, era para calmar su viaje con tíner. “Cascarita” se drogaba desde los 12 años.

La mañana de 28 de julio de 2010, Ángel y Naila se encontraban por un lugar llamado los Arcos de la Hacienda, una especie de callejón angosto con una curva de casi 90 grados. En esa curva hay unas escalinatas que llevan a un predio verdoso, con grandes pinos. Esa mañana una noticia se difundió en la XEJQ, una radiodifusora local: habían encontrado a una muchacha muerta cerca de un estanque. Quien difundió la noticia fue Gerardo Herrera, padre de Ángel. Cuando el noticiero salió del aire, Gerardo dijo: “Creo que fue mi hijo. Ya ni modo”.

EN LOS ARCOS DE LA HACIENDA

La versión oficial de la muerte de Naila, la novia de “La Cáscara”, es que ella se desnucó y bronco aspiró. Antonia asegura fue un accidente. Cinco meses después de la muerte de la joven, en la misma esquina hubo una riña entre pandillas. “La Cáscara” asesinó de 12 puñaladas a “La Avispa”. Todavía hay una cruz metálica con flores marchitas, con el nombre de Gabino Ponce.


“Dicen que la agarró, que lo veían desesperado. A lo mejor sí quiso auxiliarla”. Foto: Vanguardia.


“La traía cargada, se le cayó y se desnucó. La quería mucho”. María Antonia Abasta, madre de ‘La Cáscara’. Foto: Vanguardia.

Esa noticia la escuchó Yolanda, y de inmediato sospechó que era su hija. Naila no había llegado a dormir la noche anterior y ella pensó que estaba cuidando a un tío en el hospital.

La versión oficial es que Naila se desnucó y bronco aspiró. Antonia asegura fue un accidente. “La traía cargada, se le cayó y se desnucó. La quería mucho”, defiende. “Dicen que la agarró, que lo veían desesperado. A lo mejor sí quiso auxiliarla”, cuenta Yolanda. En el cuerpo de Naila encontraron marcas de las manos de Ángel y se concluyó que quiso revivirla.
Ángel cargó a Naila y la llevó hasta unas tapias, la recostó –los ministeriales dicen que “la tiró”– entre unos arbustos, le echó una camisa para taparla, le lloró y le rezó lo que sabía rezar. “Le pudo mucho. Te aseguro que no la mató”, me dice Antonia con los ojos fijos.

Un ministerial que quiso obviar su nombre asegura que Ángel andaba bien drogado, que no recordaba, que nunca supo lo que dijo. “Andaban drogados los dos”, menciona Antonia. Nunca pisó la cárcel porque no fue encontrado culpable.

Un tío de Naila fue hasta la casa de la familia de Ángel, les gritó y amenazó que dejaría tirada la cabeza de su hijo. “Mi hermano era muy atrabancado”, excusa Yolanda. La misma Yolanda reconoce que sintió coraje cuando no encontraron pruebas, cuando veía paseándose Ángel por el barrio, con su eterna sonrisa. “A lo mejor era su forma de ser”, lo disculpa a la distancia.

Yolanda se sumergió en la iglesia, donde, dice, le nació ver y abrazar a Ángel cuando estuvo preso. Pero nunca lo hizo. Ya no vive en Parras, pero visitó a su familia por motivo de las vacaciones y las fiestas de la ciudad.

Cuando viene atiende una precaria tiendita. A siete años de la muerte de su hija la más pequeña, Yolanda asegura que no tiene nada contra Ángel, que lo perdona, que no es nadie para juzgarlo; que no sabe si lo hizo drogado, que si su intención fue matar a su hija, en su conciencia habrá quedado.

–No he ido a darle el pésame a la familia –menciona Yolanda como si se disculpara.

–¿Le gustaría ir?

–Sí.

–¿Qué la ha detenido?

–Han pasado muchas cosas, tiene poquito que falleció mi mamá y mi cuñado. Soy valiente, siento que Dios me ha dado fuerza.

–¿Qué le diría a la mamá, a la familia?

–No tendría palabras, sólo abrazarlos, no sé. Sólo a lo mejor el acompañamiento, lo que se les ofrezca. Da tristeza, el muchacho era joven, tantas cosas que están pasando, ¡ay, señor!

–¿Qué pensó cuando se supo que se había suicidado?

–Nada. Sólo tristeza.

Yolanda miró cuando pasó por las calles el cortejo fúnebre de Ángel. Miró que muchos jóvenes lo acompañaban. “En qué momento se nos escapan los hijos”, pensó muy dentro de ella. No recuerda cuándo fue la última vez que vio a “Cáscara”, pero cree que sí había cambiado, que se le veía diferente.

“No sé qué trajera en su interior, sólo él sabía. Así como yo siento mucha tristeza. Se veía mucho que hablaban mal de él, pero no somos nadie”, reflexiona Yolanda.

En estos días, Moi, el hermano de Ángel, fue a comprar a la tienda de Yolanda. “¿Cómo andas?”, le preguntó y Moi agachó la cabeza y la movió de lado a lado. “A ver si voy al novenario a acompañarlos”, le dijo. Pero no ha acudido.

A partir de la muerte de Naila Teresa, Parras encasilló a “Cascarita”. Cierto o no, el pueblo lo tildó: era el “Cáscara”, el muchacho de 14 años que había matado a su novia.




LAS RIÑAS DE PARRAS

Antonia, la madre de Ángel, intentó ingresar a su hijo en diferentes centros para combatir las adicciones. Cristo Vive, Mesón del Cielo fueron algunos de los centros que trataron de ayudarlo. Antonia cuenta que en uno trataban mal a los pacientes, en otro tenía que ser voluntario y “Cascarita” no quería estar. Y así sin más, no pudo rehabilitarse completamente.

Así llegó el tradicional baile de fin de año en la colonia Hacienda, apenas cinco meses después de la muerte de Naila.

Una riña entre pandillas volvería a torcer la vida de Ángel, cuando fue acusado de matar de 12 puñaladas a Gabino Ponce Ríos, “La Avispa”, y de herir a José Juárez Dávila, “Adonis”, en la madrugada del primero de enero de 2011.

J, una muchacha que presenció los hechos, narra lo sucedido. Pide el anonimato porque, pese que ya murió Ángel, siente que puede tener represalias:

“El pleito empezó por una discusión con otra persona. Calmaron el pleito y el grupo de ‘La Cáscara’ se fue. Nos fuimos cerca de las tres de la mañana ya a nuestras casas, íbamos en una camioneta como unas siete personas, cuatro éramos mujeres y dos estaban embarazadas. En los Arcos (mismo sitio donde murió Naila) empezaron a lanzar piedras contra la camioneta. Vimos a tres que lanzaban. Entonces los hombres se bajaron, pero cuando se bajaron, salieron muchos otros del arroyo. Fue una emboscada. ‘La Cáscara’ se entramó con ‘La Avispa’. Yo vi que él estaba de frente y lo apuñalaba. Después corrieron todos”.
“La Avispa” fue hallado muerto de 12 puñaladas, 9 enfrente y 3 en la espalda. J asegura dos cosas: Ángel no fue el único que mató a “La Avispa” y no fue quien hirió al otro chico.

Antonia asegura que presentó a su hijo ante el Ministerio Público porque lo querían linchar. Afirma que no fue él, que ese día andaba de blanco, con converse blancos y que no le encontró ninguna gota de sangre. “Nada más veían lo que hacía él”, reniega la madre. Según Antonia, Ángel no quiso decir quién era el verdadero asesino porque presumía que no era “peine”, es decir, que no iba a delatar a ningún amigo del barrio. Decían que el asesino era otro compañero al que apodaban “El Gurros”.


Ángel cargó a Naila y la llevó hasta unas tapias, la recostó –los ministeriales dicen que “la tiró”– entre unos arbustos. Foto: Vanguardia.

En el Ministerio Público tienen otra imagen. Aseguran que Ángel no sentía culpa: “Yo lo piqué, yo lo piqué”, confesaba con la frente en alto, como quien no tiene miedo de sus palabras, aseguran ministeriales.

Las crónicas periodísticas mencionan que Ángel huyó en un autobús de línea con rumbo a Saltillo. Su familia narra que siempre estuvo en casa.

El 26 de abril de 2011, Ángel fue detenido, según su mamá, sin orden de aprehensión. Y un mes después, sin oportunidad de presentar pruebas para defenderse, le dieron sentencia: 14 años y 8 meses de prisión. Ángel casi se desmaya. “Diles que yo no fui”, le rogaba a su madre. “Ya no se puede”, le dijo.

Fue internado en la Residencia Juvenil de Saltillo, donde se refugió en el ejercicio. Hacía hasta 150 lagartijas diarias. Se deprimió y se llenó de granos. Le apenaba que las hermanas de los otros jóvenes internos lo vieran graniento. Terminó la secundaria y empezó la prepa en la Residencia.
Antonia no le fallaba en viajar desde Parras a Saltillo cada fin de semana.

–Lo querían mucho ahí. Tenía sus arranques, pero a quién le gusta el encierro –relata la madre.

En la colonia Lago de los Padres vive la familia de “La Avispa”. En la parte más lejana de Parras, allá donde las viviendas se empalman con el cerro. La casa de la familia tiene una cerca de quiotes, suelo terroso, gallos y gallinas merodeando por todos lados.

No quieren hablar. “Pasó lo que tuvo que pasar. No supimos nada de la riña. Se hizo la ley”, dice un familiar. Sobre el suicidio de Ángel: “No estamos contentos ni felices ni tristes”.
A más de seis años del homicidio de “La Avispa”, todavía hay una cruz metálica con flores marchitas en la esquina de “Los Arcos”. La cruz con el nombre de Gabino Ponce Ríos, la fecha de su nacimiento y su muerte. Imagino en esta curva el pleito de pandillas, imagino a los chavales salir de repente a atacar con furia a sus rivales, desenfrenados, coléricos; hundiendo el puñal como cuchillo en mantequilla. Una y otra vez.

J, la muchacha que presenció los hechos, platica que cuando la muerte de “La Avispa”, sintió odio y coraje. Después sintió lástima de Ángel. “Algo ha de haber sufrido para tener esa vida. Ojalá se haya arrepentido y haya pedido perdón. Pudieron haber hecho algo para rescatar a la persona”. Pudieron: ¿quién?

Madre de Naila lo perdona. A siete años de la muerte de su hija la más pequeña,Yolanda asegura que no tiene nada contra Ángel, que lo perdona, que no sabe si lo hizo drogado o si su intención era matar a Naila. Ángel nunca pisó la cárcel porque no fue encontrado culpable.




LA FUGA

El 27 de diciembre de 2012, cinco menores se fugaron de la Residencia Juvenil de Saltillo, luego de agredir supuestamente a un celador. Entre ellos estaba el nombre de “La Cáscara”, Ángel Uriel. Fue la versión oficial de las autoridades.

Ángel le contó a su mamá que no se fugó, que los Zetas tocaron a la puerta de la Residencia Juvenil y entraron como entran los invitados. Iban supuestamente por Pedro García Castañeda, “El Chiquidrácula”, y se llevaron también a “La Cáscara”. A él –relata la madre–, le apuntaron en la cabeza y lo obligaron a salir. “Imposible que pasaran por cinco rejas”, argumenta.

Eran los tiempos en que los Zetas tenían azotado Coahuila. Eran años en que los chavalos presumían ser parte de los narcos porque tenían mujeres y dinero, sin importar que sólo fuera por uno, dos años. Eran los tiempos en que los morros eran usados como el primer escudo frente a la línea de fuego. En aquellos años –2006-2015– asesinaron en la entidad a mil 295 huercos entre 15 y 24 años, el 28 por ciento del total de homicidios violentos en ese periodo, según datos del Inegi.

–Si usted lo tiene, entréguelo –le advirtieron policías a Antonia apenas se fugó.

Ángel nunca se comunicó a casa. Hasta que el 23 de enero de 2013, Antonia llegó a su trabajo y miró que todos las observaban como a un fantasma.

–Vete, tienes permiso de irte –le dijeron en el trabajo.
–¿Por qué, qué pasó? –respondió.

Las crónicas del día hablan que hubo un enfrentamiento en Saltillo a plena luz del día, donde se enfrentaron a balazos policías con pistoleros. En el lugar, los policías abatieron a dos personas. Uno era “El Chiquidrácula”, compañero de Ángel en la Residencia Juvenil, y otro era un reo fugado del penal de Piedras Negras.

Ángel y Carlos Humberto Aguillón, “La Mija”, presunto asesino de un funcionario del Instituto Electoral y de Participación Ciudadana de Coahuila, resultaron heridos.

“PARRAS LO CRUCIFICÓ”: LA MADRE


Una fotografía de un diario muestra a Ángel tirado sobre el pavimento, contorsionándose de dolor. Un doctor le aseguró a la madre que su hijo había recibido un balazo a una distancia corta, cerca de la columna. “Mi hijo me dijo que ya se había rendido cuando le dispararon a quemarropa”, cuenta la madre. La bala quedó alojada en la cadera. Recibió antes otro disparo en una pierna.

En un comunicado, la Secretaría de Seguridad de Coahuila informó en su momento sobre la salud de Ángel: “quedará postrado de por vida en una cama”.

Antonia habló con el papá de Ángel y juntos acudieron al Hospital General de Saltillo. Allí en el hospital se toparon con policías, ministeriales, policías de élite, grupos especiales. Parecía como si custodiaran al capo más temible, y no Ángel Uriel, un muchachillo moribundo.

–Ayúdame, amá, dame agua –le pidió Ángel a su mamá cuando ella pudo entrar a la habitación.

Dos intendentes eran quienes ayudaban al muchacho porque los policías lo estaban dejando morir.

–Señora, no lo deje porque éstos quieren que se muera –le avisaron a Antonia.

Ángel no sentía sus piernas. Querían amputarle su pierna izquierda, pero Antonia se negó. “Yo sabía que si se la quitaban, mi hijo iba a querer suicidarse… mira ahora”, relata la madre.
Usaba pañal. Tuvo que usar sonda. Tomaba hasta 15 medicamentos. La columna la tenía casi cercenada. Ángel salió del hospital en silla de ruedas con rumbo a la Residencia Juvenil. En un mes que estuvo hospitalizado, su papá sólo lo visitó una vez.

Las autoridades le acondicionaron una celda. Antonia le pagaba a otro interno para que le cambiara el pañal a su hijo.

Pero poco a poco, contra todo diagnóstico médico, Ángel empezó a andar en muletas y le removieron la sonda. Fue trasladado entonces al penal. Con ayuda de fisioterapia, Ángel comenzó a dar sus primeros pasos. Soñaba con ser abogado para defender gente.

Para las autoridades penitenciarias, Ángel era ejemplo del final que podría tener quien fuera seducido por el crimen organizado, así que aprovecharon para que, redimido y arrepentido, diera pláticas los jóvenes.

ÚLTIMA DENUNCIA

Un mes y medio antes del suicidio, Juan Enrique señaló a “La Cáscara” como la persona que lo apuñaló y le causó una lesión de 3 pulgadas en el intestino grueso,
cuando salió a parar una riña en la colonia Esmeralda.




ESQUINERO 13

En una esquina de la colonia Ciudadela se hallan tres chavales que se dicen amigos de Ángel: “La Cáscara”, “Cascarita” o “El Cascarón” para ellos. La esquina está a unos metros de la casa que habitaba Ángel. Es la esquina de la casa de Yolanda, la madre de Naila.

Allí en el barrio todos son amigos. En las buenas y en las malas se defienden y protegen. “Lo pintaban mal, pero siembre fue un chavo que estaba para apoyarnos”, cuenta un chaval de unos 17 años. Hay otro amigo más callado que sólo mira atento, y otro más que sólo bromea con fumar mois (mariguana); sin camisa y con gafas obscuras en plena tarde.

Se dicen llamar “Esquineros 13”. De morros se juntaban para jugar en las maquinitas, a echar cotorreo, a divertirse. No hablan de los asesinatos que le imputaban a su amigo. “Nunca tocábamos esos temas. Era camarada del barrio. Lo vamos a recordar”.
Aseguran que en los últimos días no se dejaba ver porque se la pasaba con la novia. Se enteraron que se ahorcó por una página de Facebook, 24 horas Parras. “No lo creo, no lo creo”, recuerda que decía el chaval que más habla.
Era amigo de la banda. Se daban ánimos. “La mayoría dice cosas malas de él, pero nosotros lo conocimos”.

La gente asegura que Ángel se volvió violento, que siempre lo fue. La familia lo niega. “Si le hacían algo, se defendía”, dice la abuela.

Llega otro integrante, más alto, más viejo, un veterano de “Esquineros 13”. Arriba como si hubiera salido de la obra. Es desconfiado y cuestiona todo. Asegura que él conoció a Ángel en el tutelar para menores. “Siempre te sonreía”, dice.

En el municipio de Parras el principal problema es el alcoholismo y el pandillerismo. Pero a este hombre que recién llega no le gusta que le llamen pandillero. “Sólo porque uno anda tumbado (cholo) ya te discriminan”, se defiende.

En 2016, el periodista Saúl Sánchez de la cadena Televisa, presentó el reportaje “Víctimas y victimarios: una historia de malandros”, donde narra para el programa “Los Reporteros”, la radiografía de las pandillas en Coahuila, principalmente de Satillo. En el trabajo Saúl Sánchez entrevistó a Ángel Uriel cuando estaba en el Centro Correccional para Menores. Ángel aparece con el rostro difuminado, con el número uno en su antebrazo derecho y el tres en el izquierdo, para formar el 13 de su pandilla cuando levantaba los brazos como boxeador que se defiende de los golpes.
Aparece en silla de ruedas luego de haber recibido el balazo en el enfrentamiento con policías.
“Empecé con las pandillas”, es lo primero que suelta Ángel en el video. “Desde chiquillo empieza uno a jugar, jugar y luego pelearse (…). Es el modo que te vas conociendo gente, peleándote, y dándote a conocer, te creas famita, te fichas tú solo”, le confiesa al periodista.

En la entrevista, Ángel admite que ingresó a las filas de un cártel, pero no dice cuál. “Meterte ahí es la cárcel o la muerte. Yo apenas empezaba (…). Ya me quemé yo solo”.

En la entrevista, asegura que quiere cambiar, empezar de nuevo.

¿Qué pasó?

Poco a poco, Ángel empezó a caminar. Los doctores le decían a Antonia que su hijo era un milagro médico. Un año la bala le quedó sumergida en la cadera hasta que se la pudieron extirpar.

Antonia todavía guarda esa bala que estuvo a punto de dejar parapléjico a su hijo.

–¿Por qué la guardó? –le pregunto a la madre.

–Para mí era una prueba de que Dios quería mucho a mi hijo.

El 30 de junio de 2016, Ángel Uriel salió de la cárcel. Únicamente cumplió 5 años y dos meses en prisión. Salió por una reforma federal en la Ley de Justicia para Adolescentes, la cual establece que menores de 14 a 16 años pueden ser internados hasta por un periodo máximo de tres años, mientras que menores de 16 a 17 años hasta cinco años.

Antonia Abasta, su madre, ingresó papelería una y otra vez para que las modificaciones de ley aplicaran a su hijo. Nadie sabe por qué no se le imputó después por la supuesta fuga o por el enfrentamiento con policías. Ángel Uriel quedó libre.




EL REGRESO

Ángel salió de prisión y quería ser feliz, recuperar su vida. Regresó a Parras, pero pasaba más tiempo en Saltillo o Monterrey, trabajando. “No me lo dejaban”, cuenta Antonia sobre la gente en Parras. “Vete, mi flaco, porque la gente no te va a dejar en paz”, le dijo la madre al hijo.

Perla, una prima de Ángel, relata que en una fiesta, un chavo que conoció le preguntó si era prima de “Cáscara”. “A ver si no viene y nos mata”, le dijo.

Ángel deambulaba con la mirada de la gente en sus talones. Le volteaban la cara, lo hacían menos.

–Ahí va ese asesino –decía la gente sin empacho.

En una ocasión, pidió trabajo en una textilera con mala fama porque pagaban mal. No había quién no entrara allí.

–Me dijeron que me iban a hablar –le contó un día emocionado a su abuelo después de pedir chamba.

–Ay, mijo, no te van a hablar –le respondió–. Pero demuéstreles que usted puede –le animaba.

Ángel aparentaba que todo se le resbalaba. “Yo voy a demostrar que soy decente, no les voy a dar gusto. Soy perro de guerra”, confiaba a su gente. Pero en el fondo, su gente cree que le podía el rechazo. “Sé que le dolía. La gente no lo quería. Parras lo crucificó”, asegura la madre.

Esa imagen la cultivaba la sociedad, asegura Antonia. Cualquier delito en el pueblo el culpable era “Cáscara”. También se aprovecharon los policías y ministeriales, acusa Antonia.

Desde que salió de la cárcel, lo detuvieron tres veces en Parras. Una vez lo acusaron de que había asaltado un Oxxo, cuando, cuenta la mamá, sólo fue a comprar cigarros. En otra ocasión, un ministerial y su hermano lo golpearon en la calle. Ángel cojeaba, no podía correr.

Fue el 6 de febrero de 2017. La madre me enseña el oficio 023/2017 de la Dirección General de Servicios Periciales donde se certifican las lesiones de su hijo. También me muestra el expediente CDHEC/7/2017/004/Q de la Comisión de Derechos Humanos del Estado de Coahuila, en la que denuncia los golpes y abusos de autoridad en contra de Óscar Ríos, agente ministerial, y Adrián Juárez.

Antonia me muestra las fotos de su hijo con lesiones en el cráneo, en la boca, en la cara, en la espalda, en el cuello, en el tórax y abdomen. Asegura lo golpearon en la cabeza con una pistola. Afirma que el judicial estaba tomado, fuera de servicio, y simplemente quiso crucificar a su hijo.

–¿Por qué el Gobierno permitió tanta injusticia? Lo detuvieron tres días sin razón. Él hacía su vida normal.

La madre nunca recibió respuesta a la denuncia.

En el Ministerio Público aseguran que mes y medio antes de su muerte, Ángel picó a otra persona en la colonia Esmeralda. Afirman que el lunes siguiente a su muerte lo iban a citar porque tenía una denuncia por lesiones. “En él no aplicaba eso del robo”, refiere un agente.

Antonia, la madre, lo niega. Argumenta que su hijo ya no podía correr, que el muchacho que picaron salió corriendo y que su hijo salió a ver qué pasaba y lo acusaron; que fue un invento más.

Juan Enrique Vázquez, 38 años, dice lo contrario:

“Me hablan que se está peleando mi sobrino y voy a ver. El chavo con el que se estaba agarrando corrió. Le dije a mi sobrino que nos fuéramos. ‘Somos del barrio, tranquilos’, les decía. Llegué a parar bola. ‘Calibra’, le dije al más grande. Entonces regresó el chavo, ‘El Pájaro’. ‘Ey, carnal, agarra la onda, somos del barrio’, cuando se hizo pa un lado y sólo vi el brillo del cuchillo. Fue ‘El Cáscara’. Me empezó a correr sangre”.
Juan Enrique, guardia de seguridad, tuvo una lesión de 3 pulgadas en el intestino grueso. Duró 25 días en el hospital. Interpuso denuncia y señaló a “La Cáscara” como la persona que lo picó, que lo apuñaló.


‘Siempre te sonreía’. En una esquina de la colonia Ciudadela, a unos metros de la casa de Ángel, amigos lo recuerdan como un joven sonriente que estaba para apoyarlos. Foto: Vanguardia.

ALO, HAWAI, BOMBAY

–Alo, hawai, bombay –solía decir Ángel cuando contestaba el teléfono.

Nadie sabe por qué esa frase.

Tampoco muchos recuerdan cómo conoció a su última novia, Fernanda o Cora, como le decía él, una jovencita que quería estudiar derecho. Ángel siempre tuvo muchas amigas, era un enamorado. Y se enamoró rápido de Cora.

Alma, una tía de la joven, recuerda los videos en el celular que gustaba mostrar su sobrina. Eran videos de ella y Ángel divirtiéndose. “Era una buena persona, lo juzgamos mal por lo que hizo antes”, comenta ahora Alma.

Pero antes, la familia de Cora le tenía prohibido acercarse a “La Cáscara”.

–Señora, no me juzgue por lo que la gente dice. Quiero mucho a Cora –le dijo Ángel a la mamá de la muchacha en una ocasión.

Al final, la familia de Cora la dejó tomar sus propias decisiones. Y decidió quedarse con Ángel. Se fueron a vivir juntos. Llevaban casi seis meses de novios.

Ángel decía que su novia era la única persona que había creído en él. Sin embargo, la tía asegura que la amó tanto, que hasta la encerraba por temor a perderla, a que se fuera un día.

Pero ese día llegó. “Vete, mija, no va a cambiar”, le dijo Antonia según cuenta la tía.
Cora se fue y Ángel se enojó. El 6 de agosto, la mamá de Ángel fue a llevarle la maleta a Cora a unas albercas donde ella estaba.

–Me acaba de hablar Ángel, que quería hablar conmigo, le dije que no porque estaba mi mamá –le comentó Cora a Antonia cuando se presentó.

Entonces, el celular de Antonia sonó. Su hijo se había ahorcado. Era su segundo intento del día. “Le habíamos quitado todo, pero encontró la forma con un alambre y su playera interior”, recuerda la abuela.

Al revisar el celular de Ángel, su madre encontró que las últimas llamadas habían sido a Cora y que había dejado abierta su sesión de Facebook donde aparecían fotos de su novia; alegre, feliz, disfrutando con su familia en las albercas, disfrutando porque ese 6 de agosto era su cumpleaños.

–Nadie creyó en él y todos le dimos la espalda. Estábamos equivocados –reflexiona la tía Alma.

Unos días antes, Ángel había cavado un pozo en su casa porque quería plantar un nogal. La familia me muestra esa foto del hijo frente al pozo, sonriente, animado. Aparece también su perro “Tomas”, que el día que murió Ángel, lloró tanto toda la noche, que amaneció muerto. Fue echado al pozo que había cavado su dueño.

Al velorio y al panteón acudieron decenas de personas. Al padre no le permitieron pasar. La madre cree que quizás acudió mucha gente por una sola razón: el morbo de querer ver a “La Cáscara” muerto.


Al velorio y al panteón acudieron decenas de personas. Foto: Vanguardia.

CRONOLOGÍA

* Nacimiento: 25 de septiembre de 1995.
* Encontraron el cuerpo de Naila cerca de un estanque: 28 de julio de 2010.
* Muerte de “La Avispa” por 12 puñaladas: 1 de enero de 2011.
* Detención de “La Cáscara”: 26 de abril de 2011.
* Fuga de la Residencia Juvenil de Saltillo: 27 de diciembre de 2012.
* Enfrentamiento a balazos con la policía: 23 de enero de 2013.
* Sale de la cárcel: 30 de junio de 2016.
* Golpeado por un ministerial y su hermano en la calle: 6 de febrero de 2017.
* Suicidio: 6 de agosto de 2017.